lunes, 12 de enero de 2015
No hay mejor promesa, que la que te haces a ti mismo.
Abrió los ojos y se incorporó de manera instintiva, estaba sudando y todavía le temblaban las manos. Se retiró el flequillo de la cara y se froto los ojos con fuerza. No sabía que hora era, a través de la ventana solo podía distinguir algunas pequeñas estrellas en esa cerrada noche. No recordaba lo que acababa de despertarla, pero si sabia que no era un sueño lleno de flores, globos y corazones. El malestar de aquello aun le recorría el cuerpo. Dejo caer su cuerpo de golpe sobre el colchón y sin tener muy claro el motivo comenzó a reírse. La verdad es que no tenía muchas más opciones, no había nadie a quien llamar pidiendo consuelo; ya no era una niña que tiene a su padre en la habitación de al lado para poder ir corriendo a por un abrazo cuando algo sale mal. Tenía que afrontar esa situación por si sola, aquellas pesadillas que insistían noche tras noche desde hacía varios meses tenían que terminar. Cerró los ojos para abrirlos de nuevo con fuerza, prometiéndose que esta, iba a ser una mirada nueva, una mirada cargada de valor, confianza, sueños y futuro. Aparcó sus dudas en un rincón de la pequeña habitación y su corazón y su cabeza pactaron que jamás volverían a asustarse.
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